Recital de Tom Boonen en la París-Roubaix. Nos escribe Gerardo Fuster

Bella estampa la que nos mostró el belga Tom Boonen en la reciente clásica París-Roubaix, que cumplía su 110ª edición, un dato histórico para el deporte de las dos ruedas. Exhibición desenvuelta que nos dio a todos los que nos hemos sentido vinculados al deporte de la bicicleta. Fue un recital de potencia solemne desde que logró despegarse de sus adversarios cuando restaban todavía 57 kilómetros de ajetreo hasta la meta, emplazada en el velódromo de Roubaix, punto culminante de una jornada a todas luces memorable y apoteósica para los miles y miles de aficionados que siguieron de cerca aquella demostración magistral de buen correr.
El belga trabajó su triunfo con plena confianza en su físico, todo un potencial de energía frente a un conglomerado de ciclistas que le perseguían desde atrás cual fueran galgos desbocados. Fue el holandés Niki Terpstra, quién intentó mantenerse guarecido bajo el amparo de la rueda de Boonen, cosa que no consiguió. Debió capitular, se ahogó en el intento. Acto seguido, en el trazo despiadado de Mons-en-Pévêle, a medio centenar de kilómetros de la llegada, surgieron con ímpetu el italiano Alessandro Ballan, el holandés Lars Boom y nuestro representante Juan Antonio Flecha, que lleva años demostrando su valía en esta clásica de dureza atroz, atroz si tomamos en consideración que contaba con nada menos 51 kilómetros de adoquinados, que se repartían con intermitencias en veintisiete trazos del recorrido, un tormento constante para los ciclistas que pedaleaban asidos fuertemente a los manillares de sus bicicletas, con voluntad férrea y soportando la vibración impuesta por los adoquines, la pesadilla agobiante y terrible del día.
Nos alegra el haber podido presenciar la victoria justa y bien cincelada por el ciclista flamenco Tom Boonen, que lleva una temporada, la actual, realmente extraordinaria, sin sombras. Ahí están sus victorias puntuales en el Tour de Qatar, el Gran Premio E3 Harelbeke, la Gante-Wevelgem, la Vuelta a Flandes y ahora, culminando la apoteosis, con su triunfo impresionante en la París-Roubaix. No se podía pedir más.
Boonen, invulnerable frente a los adoquinados que conducían a Roubaix, exhibió un pedaleo vigoroso y constante, con su figura elegante y pletórica en cuanto a la fuerza muscular de sus piernas impulsando a los pedales. Nos llamó poderosamente la atención el de que corriera sin que llevara enfundados en sus manos los consabidos guantes de protección y el de que apoyara sus brazos a ratos sobre la parte superior de su manillar como si pretendiera alcanzar un poco de reposo frente al imponente esfuerzo que realizaba. Fueron dos facetas a la que no estábamos acostumbrados a contemplar. Fue en fin todo un fascinante espectáculo el que nos ofreció. Ganó con buen pulso, con gallardía, con corazón y en solitario, como suelen hacer los valientes, sólo los campeones con recursos portentosos.
¡Loemos a este ciclismo que fraguan los héroes del pedal!

Gerardo Fuster

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